Tenía 15 años y no sabía explicarlo… pero me sentía bien.
Mientras otros buscaban tener pareja, yo observaba.
Veía cómo se tomaban de la mano, cómo se reían, cómo parecían completos…
y yo no decía nada.
No porque no sintiera,
sino porque sentía demasiado.
Había algo dentro de mí que no entendía,
una mezcla rara entre emoción, calma y curiosidad.
Me gustaba alguien… y no lo decía.
No por falta de valor, sino por respeto a lo que sentía.
Al día siguiente, escribía.
Escribía lo que no decía,
dibujaba lo que no tocaba,
y en silencio… me enamoraba de la vida.
Era un joven disciplinado.
Deportista de alto rendimiento.
Con un sueño claro: ser futbolista profesional.
Mi mundo era exigente, estructurado, solitario…
pero por dentro, era libre.
No necesitaba a muchos.
Conmigo bastaba.
El amor en ese entonces era ligero…
no porque fuera superficial,
sino porque no tenía peso.
Era sentir bonito.
Era agradecer.
Era estar vivo.
Hoy tengo 39 años.
Y ese mismo amor… ya no es ligero.
Hoy soy esposo.
Soy padre.
Y entendí algo que nadie te enseña cuando eres joven:
el amor no se trata de lo que sientes…
sino de lo que sostienes.
Porque amar no es escribir cuando te inspiras.
Es quedarte cuando estás cansado.
No es imaginar escenarios…
es construirlos.
No es pensar en una persona…
es estar para ella, incluso cuando no tienes ganas.
Hoy ya no escribo tanto en papel,
pero improviso.
A veces canto lo que siento,
y sin darme cuenta,
el nombre de mis hijos se cuela en cada palabra.
Y ahí entendí todo.
El amor ya no vive en lo que imagino…
vive en lo que hago.
La ciencia dice que todo en el universo está conectado,
que nada existe por sí solo.
La fe dice que todo nace del amor.
Y la vida… me enseñó que ambas cosas tienen razón.
Porque cuando amas de verdad,
te ordenas por dentro.
Te vuelves consciente,
congruente,
responsable.
Dejas de huir,
dejas de dudar,
y empiezas a sostener.
Aquel joven de 15 años no estaba equivocado…
solo no sabía el peso de lo que sentía.
Hoy lo sé.
El amor no es solo emoción.
No es solo poesía.
No es solo intención.
El amor es decisión.
Y todos los días…
decido quedarme.
Esto que leíste es solo una parte.
Porque el amor no siempre es orden, ni calma, ni claridad.
También pesa, rompe, exige… y a veces te confronta con lo que no quieres ver.






