viernes, 17 de octubre de 2025

La lucha silenciosa de un padre

He intentado de todo para mantener unida a mi familia y tener una comunicación sana. He cambiado actitudes y comportamientos para ser un buen esposo y un buen padre.

Evidentemente, soy un mal hijo. No visito a mis padres con frecuencia.
Cuando decidí formar una familia, ellos se convirtieron en mi prioridad, y he dedicado gran parte de mi vida a ello.

A veces no entiendo las cosas… se han vuelto demasiado pesadas hoy en día.
Ya no siento esa paz dentro de mí.
Me he vuelto muy sensible: cuando veo la naturaleza, cuando un animal se me acerca, cuando escucho música… todo toca fibras muy profundas. Me transformo en alguien más consciente.

He descubierto que cuando mi entorno vibra igual que yo, me siento libre, lleno de paz.
Desearía que eso ocurriera más seguido.
Intento cada día conectar, pero a veces a mis hijos les cuesta. No siempre tienen la iniciativa de participar; lo hacen porque su papá lo hace.

Intento acercarme más: convivir, escucharlos, darles cariño, ternura, comprensión y empatía.
Siento que doy todo de mí, pero no siempre recibo lo mismo.
Y poco a poco, me voy perdiendo.
A veces pienso que mi presencia no importa.

Me refugio en la música y en la soledad, contemplando la naturaleza para encontrar algo de paz.
Mi familia no entiende que mi labor como padre ha sido difícil.
No crecí en cuna de oro.
No tuve un guía en mi infancia.
Solo tuve el ejemplo de mi padre: el trabajo, la disciplina, la responsabilidad… pero me faltó su presencia en los momentos importantes, alguien que reconociera mis logros.

Aun así, amo a mis padres.

Cuando un papá se olvida de sí mismo

  Reflexión sobre el valor de la presencia y el equilibrio en la familia Ser papá no solo significa trabajar duro y proteger, también impli...