Hay días en los que me levanto y hago lo que tengo que hacer.
Trabajo. Lucho. Sostengo.
Y por dentro... silencio.
No me quejo. No me rindo.
Solo siento ese vacío raro, ese cansancio que no se cura con dormir.
Porque no es físico.
Es emocional. Es mental. Es silencioso.
Es sentir que doy todo y, aun así, a veces parece que no es suficiente.
Que estoy, pero nadie lo nota.
Qué cargo todo, pero nadie lo ve.
